EL PRIMER VIAJE

Fue tu primer viaje. Los casi mil quilómetros que separaban el origen y el destino no era la mayor distancia a recorrer. Esta había que medirla por las enormes diferencias entre un norte que empezaba a aliviarse –al menos en lo material- del luto de la guerra y aquel sur que, aún bañado por el mismo mar, permanecía inalterado en lo esencial. 

Tus padres, tu hermana y tus abuelos paternos viajaron en automóvil. Tú lo hiciste en un autobús de línea con tu tía Isabel, hermana de tu madre. Dieciséis o diecisiete horas de trayecto del que poco recuerdas, salvo que, en alguna de las paradas, allí estaban tus padres esperándoos para asegurarse de que os encontrabais bien. Ellos hicieron noche en la provincia de Alicante, no sin antes encomendaros a una conocida que viajaba con vosotros. Ella os daría cobijo esa noche en casa de su familia a la que iba a visitar. A vuestra llegada a Cuevas del Almanzora, casi de madrugada, la esperaban no menos de diez personas, familiares y allegados. El cansancio, unido a los achuchones que os prodigaron al saber que eráis miembros de los “capellanes”, de los “arqueros” y de los “labraores” –apodos cuyo sentido hasta años más tarde no conociste-, te sumió en un estado de semiinconsciencia que te permitió soportar la más de media hora de camino hasta la aldea donde pernoctaríais. 

Al colchón de lana, que en tu casa se vareaba en la azotea todos los años, le sustituyó esa noche uno de farfolla que zurría al menor movimiento. Aún no se había instalado la luz eléctrica en la mayoría de las numerosas pedanías del municipio; los quinqués y las lámparas de carburo perfilaban, a tus ojos, las imágenes de manera imperfecta, aunque también pudiste pensar, si no entonces, más tarde, que dibujaban mejor los perfiles humanos de aquellas personas que hacían gala de la hospitalidad ancestral de alguno de aquellos pueblos que siglos antes habían habitado esa tierra. 

A la mañana siguiente, tu tía y tú os lavasteis, al aire libre, en un barreño con agua del pozo que presidía el patio de la casa. Las raíces de la higuera torturaban el suelo y, cuarteándolo, dibujaban figuras caprichosas. A su sombra, acompañados por la curiosidad que despertabais en los más jóvenes de la familia que os acogía, migasteis pan en el tazón de leche de cabra recién ordeñada. 

Tras la llegada de tus padres los días siguientes fueron un peregrinar por las casas de sus tíos y primos, en cuyas mesas compartisteis los platos propios de una tierra tan almeriense como murciana en muchas de sus tradiciones y costumbres. El ajo colorao o cabañil; los gurullos con conejo; las migas con tocino; las longanizas y el morcón de la matanza fueron, entre otros, los guisos y chacinas de los que en tu casa se hablaba con añoranza; y que, de nuevo, tus padres disfrutaban en los lugares que muchos años antes habían dejado en busca de una vida mejor. 

En el capítulo de las visitas la que más te marcó fue la que hicisteis a la abuela de tu madre, Antonia de Haro, la Labraora. Menuda, enjuta, enteramente vestida de negro; de un negro con el que el sol cruel de aquel sur extremo no había podido. A lo largo de los años has creído en ocasiones que volvías a verla en un pueblo de Sicilia, de Túnez, o de Grecia. En su rostro, en toda su figura y en la toca con la que se cubría estaban escritos los mitos y leyendas de la civilización mediterránea. 

Ese día se mató un cabrito y se asó en una lumbre poco calorífica, añorante de la madera que siglos antes había poblado aquellos riscos, hoy deforestados por las ansias imperiales de los reyes que talaban los boques para echar más barcos a la mar. 

Las visitas familiares se acompañaron con el recorrido por los lugares de la infancia de tus padres: las casas ya en ruinas donde habían nacido; la ermita en la que, cada 8 de diciembre, porfiaban los hombres por el honor de sacar a la Virgen en procesión; los vestigios de un glorioso pasado minero; y, sobre todo, el puerto de la vecina localidad de Águilas: ahí lloró tu madre recordando que treinta años antes había embarcado rumbo a Barcelona. “María Ramos, se llamaba el barco” –te decía- “No sé si fueron tres o cuatro días…” 

No lo supiste entonces, eras tan solo un niño, pero ese viaje, al que le siguieron otros hasta el regreso definitivo, te permitió saber que no pertenecías al lugar donde habías nacido. También aprendiste, con el paso de los años, que somos hijos de todas y cada una de las razas y civilizaciones que nos han precedido en el uso del suelo que pisamos

Comentarios

Entradas populares de este blog

SIEMPRE HAY UN PORQUÉ

LA MAESTRA

GANGA Y MENA