SIEMPRE HAY UN PORQUÉ


No sé por qué he elegido viajar en tren; lo lógico hubiese sido hacerlo en avión. Voy ligero de equipaje y tengo prisa por llegar. Lo cierto es que aquí estoy, con siete horas por delante hasta alcanzar la frontera. Allí me apearé, la cruzaré a pie arrastrando mi maleta y tomaré el primer tren que me aleje del que hasta ahora ha sido mi mundo. 
Pienso que ha ido estrechándose cada vez más, hasta sentir cómo oprime mi cuello. Mis sentidos aborrecen todo cuanto veo, cuanto oigo. Hasta mi tacto ha perdido la superficie que tan bien conocía, en la que me solazaba. Ya nada sabe igual. 
Pero no quiero darle un carácter épico a este viaje. Nada que ver este moderno tren con aquellos en los que tantos otros antes que yo recorrieron este trayecto, acuciados por trances y miserias superiores a la mía. Lo mío, al fin y al cabo, no es más que una postura de carácter moral; o, quizás, la demostración de mi incapacidad para enfrentarme a lo que tanto desprecio. Hasta cobardía podría llamarse. 
Se ha sentado a mi lado un hombre algo más joven que yo. De momento se concentra en su teléfono; espero que siga así, no tengo ganas de hablar con nadie. Miro a mi alrededor y casi todos los pasajeros del vagón están también inclinados sobre sus relucientes pantallas. Se diría que los móviles son los breviarios de la época actual. 
De golpe todos levantan la cabeza y se lamentan; supongo que atravesamos una zona sin cobertura. Se ha roto el silencio y ahora todos murmuran. Me siento incómodo y me temo -cómo así sucede- que mi vecino intente entablar una conversación. 
-Bueno, un rato sin cobertura no viene mal. ¿No le parece? Así podemos conversar. Me llamo Juan -dice de corrido y dando por sentado que yo lo estoy deseando- ¿Viaje de trabajo, también? -prosigue- Y sin esperar mi respuesta me cuenta que se dirige a Alemania: "En tren, sí, tengo miedo a volar" Sigue diciendo que es ingeniero, experto en seguridad de centrales nucleares, y que el propósito de su misión es familiarizarse con el desmantelamiento de las mismas. "Ya sabe" - me dice- "En España, por fin, un gobierno progresista, va a librarnos de esa lacra" 
La convicción con la que habla me aturde y, al cabo de un rato, no consigo distinguir la diferencia entre la fusión y la fisión del átomo. El efecto invernadero y el cambio climático, las energías alternativas y la España verde dan vueltas en mi cabeza. Es un soldado de una guerra que salvará el planeta. Imploro al dios de las nuevas tecnologías que haga llover sobre nuestras cabezas el maná de la cobertura, que ha de librarme de la prédica de ese evangelio laico. 
No sé si para tomar aliento o para no pecar de descortés, me pregunta de nuevo por el propósito de mi viaje. "Estoy huyendo" -le contesto- Da un respingo y, temeroso, pregunta: "¿De la justicia?" 
- No, -le contesto secamente- de la estulticia. 
-¿Cómo dice? ¿De qué? ¿Eso es una alergia o algo contagioso? -pregunta, perdiendo la seguridad mostrada en su arenga anterior- 
-No es una alergia pero podría decirse que sí es contagiosa -adorno mi respuesta con una sonrisa, más sarcástica que cordial- Veo que sigue sin entender y prosigo: 
-Huyo de la dictadura de lo políticamente correcto; de una fiscalidad confiscatoria; de una administración intrusiva y asfixiante; de la reforma ortográfica; de la televisión basura. De una democracia secuestrada y de la memoria de mi mujer muerta en un pasillo de urgencias después de cuatro horas sin atención médica. 
-Pero -replica- si nuestra sanidad es de las mejores del mundo... 
-¿Eso lo ha constatado Vd. o es otro de los mantras con los que nos narcotizan los gobernantes? En cierto modo, la muerte de mi mujer, por muy dolorosa que para mí sea, me ha liberado. Ya nada me retiene aquí. Tendría que haberme ido hace mucho tiempo -intento, con ese alegato, dar por finalizada la cuestión- Pero el hombre insiste en convencerme de las bondades de los cambios y de los progresos sociales y achaca mi estado de ánimo al lógico dolor que debo de sentir. "Ya sabe, las etapas del duelo" -me consuela- Pero dice no entender lo de la reforma ortográfica. 
-Ya, sé que para la mayoría eso no tiene importancia, pero para mí es un signo más del triunfo de la cultura de la banalidad que desprecia el esfuerzo y la excelencia. También con esa decisión se persigue igualarnos por abajo. 
El debate que se entabla entre ambos se alarga y pierde todo interés para mí. Ni puedo ni quiero convencer a ese bienintencionado y amaestrado miembro de la sociedad dominante. Decido zanjar la conversación y le digo: 
-Mire, huyo precisamente de gente como Vd: acrítica y complaciente -ante esto, el hombre se calla y busca refugio en su móvil- 
Miro por la ventanilla, el sol está cayendo y tiñe de una gama de dorados los campos de Castilla. Ahora lo sé: he elegido viajar en tren porque huyo de la gente pero necesito, aunque no sea más que por unas pocas horas, disfrutar del paisaje de esa tierra que ha sido la mía desde que nací y que -mal que me pese- corre por mis venas. 

 Baltasar Fernández Ávila Abril, 2019

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