LA MAESTRA
La Maestra
Cuando llegaba el buen tiempo pasaba las tardes en la mecedora, bajo la parra que cubría el porche. Siempre tenía a mano una toquilla por si refrescaba. Mientras esperaba la llegada de su sobrina, paseaba la mirada por el huerto ahora marchito y, sin la nitidez de antes, veía los frutales que su padre había plantado cuando ella era niña. Sonreía pensando qué de esos árboles, como de su vida misma, poco fruto cabía ya esperar.
"Doña Margarita, doña Margarita" -oía las voces de los cientos de niños que en su memoria la acompañaban- "Nunca estoy sola" -se decía- "Ellos están conmigo, sigo corrigiendo sus dictados y redacciones. Y...¡el latín! ¡Qué disgustos me daban con el latín" Los veía con su pantalón corto, las rodillas magulladas, las manos manchadas de tinta; en invierno, con sabañones y acercando las manos a la estufa de leña. Siempre, en los recreos, asomados a la valla del patio de las niñas.
Había tratado de contagiarles su pasión por la literatura, de llevar a su conocimiento la existencia de un mundo más amplio y complejo que el de las calles del pueblo en el que crecían. Sin embargo les decía, sabiendo que muchos no lo entenderían, que los valores, las pasiones y la naturaleza humana eran siempre los mismos, aquí o allá, en el presente o en el pasado. Para ello, se apoyaba en los griegos, en el siglo de oro, en el diecinueve francés, en el noventa y ocho. A partir de ahí, para ella, salvo la poesía todo era contemporáneo, ideológico y prescindible. El final de la guerra trajo mas miseria aún y amordazó el talento.
Cada uno de aquellos niños eran un huerto que ella había cavado, sembrado y escardado. Sabía que en muy pocos de ellos la simiente había germinado. La mayoría seguía en el pueblo repitiendo las vidas de sus padres y abuelos, labrando las mismas tierras, pisando las mismas calles. Sí percibía, con cierto orgullo, cuando se cruzaba con alguno de ellos, que la correspondían con el cariño y el respeto que ella siempre les había mostrado.
La voz de Pepa, su sobrina, la despertó del ligero sueño en el que había caído: "Tía, tía, ¿no tienes calor?... Voy a regar un poco el porche"
Margarita se estremeció ligeramente viendo cómo las baldosas de barro parecían quejarse al absorber el agua que les caía a chorro. "Pepa, para ya, hija. Lo vas a poner todo perdido..." -dijo, deseando que se sentara junto a ella y que, como en los últimos días, le leyese un par de capítulos de "Madame Bovary". Desde que hacía unos meses habían empezado con los "grandes franceses", como Margarita los llamaba, la dicción de Pepa había mejorado mucho. Su francés casi tenía la perfección que el siempre preciso lenguaje de Flaubert exigía.
--Tía, te traigo una sorpresa -dijo Pepa, desenvolviendo un paquete- Esto ha llegado al colegio, a tu nombre; es un libro. Mira, viene también una carta.
Los cansados ojos de Margarita se esforzaron en leer el título y el nombre del autor: "Largo camino", de Julio Sandoval. Sí, se acordaba muy bien de él. Ya de niño tenía una voz propia, poseía una rara capacidad de emocionar, de ver más allá de lo cotidiano. Era con él mucho más exigente que con los demás, para ayudarlo a mejorar pero, también, para corregir la soberbia que suele acompañar a la genialidad, por muy incipiente que esta sea.
Pepa se caló las gafas y empezó a leer la carta:
"Estimada Doña Margarita:
Julio había prometido ir al pueblo para entregarle personalmente un ejemplar de su primera obra. Siempre decía que a usted le debía su pasión por la literatura. Ha sido un gran lector toda su vida pero no fue hasta el final de la misma cuando tuvo la oportunidad de escribir ese "largo camino" que hoy, bajo forma de novela, le hago llegar.
El libro salió de imprenta pocos días antes de su muerte. Se diría que plantó cara a la enfermedad hasta tenerlo en sus manos. Desde ese momento su castigado cuerpo y su atormentada mente iniciaron un tránsito tranquilo; sus ojos brillaron en esas últimas horas como en los años en los que usted lo conoció.
Todo está en el libro. El pueblo, la escuela, la ciudad, el exilio. Usted y yo.
Gracias, Doña Margarita, por ser el principio de esta bella, aunque a veces triste historia, que hoy, en nombre de Julio, le hago llegar.
Reciba mi reconocimiento y afecto.
Veronique Saintmarie
Viuda de Sandoval."
Era muy tarde cuando Pepa se marchó. Se habían secado las lágrimas en muchos de los pasajes que relataban las ilusiones del niño, las desventuras del adulto y, por encima de todo, el dolor del desarraigo. Al final de nuevo la esperanza, el esfuerzo colectivo de un pueblo que volvía a ser dueño de su destino.
El oído de la vieja maestra había percibido pequeñas imperfecciones: rimas internas, abuso de la adjetivación. También algún galicismo, producto, sin duda, de los años pasados fuera. La hizo sonreír el empleo de arcaísmos que ella, en su día, intentaba corregir. Nada que la emoción sentida no pudiese disculpar -se decía a si misma-
A lo largo de su vida bebió Julio el acíbar que hoy ella había saboreado convertido en una de las más hermosas narraciones que recordaba.
Baltasar Fernández Ávila. Mayo, 2019

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