SIEMPRE HAY UN PORQUÉ
No sé por qué he elegido viajar en tren; lo lógico hubiese sido hacerlo en avión. Voy ligero de equipaje y tengo prisa por llegar. Lo cierto es que aquí estoy, con siete horas por delante hasta alcanzar la frontera. Allí me apearé, la cruzaré a pie arrastrando mi maleta y tomaré el primer tren que me aleje del que hasta ahora ha sido mi mundo. Pienso que ha ido estrechándose cada vez más, hasta sentir cómo oprime mi cuello. Mis sentidos aborrecen todo cuanto veo, cuanto oigo. Hasta mi tacto ha perdido la superficie que tan bien conocía, en la que me solazaba. Ya nada sabe igual. Pero no quiero darle un carácter épico a este viaje. Nada que ver este moderno tren con aquellos en los que tantos otros antes que yo recorrieron este trayecto, acuciados por trances y miserias superiores a la mía. Lo mío, al fin y al cabo, no es más que una postura de carácter moral; o, quizás, la demostración de mi incapacidad para enfrentarme a lo que tanto desprecio. Hasta cobardía podrí...