La Jóven República


LA JÓVEN REPÚBLICA.
The New Yorker, a pesar de su casi total enfoque editorial en la vida social y cultural de Nueva York, a instancias del departamento de Cultura Latinoamericana e Ibérica de la Universidad de Columbia y mediante su apoyo económico, había accedido a la publicación de una serie de artículos sobre la recién instaurada República española. 

David Hachuel, joven colaborador de la revista y recién egresado de Columbia, llegó a Madrid, en mayo de 1932, con el encargo de plasmar en seis entregas otros tantos efectos de aquella República que, en los Estados Unidos, despertaba más temor que simpatía, dado que los escuetos despachos que venían publicando los periódicos de referencia dibujaban un caos en el que hacían coincidir anticlericalismo, socialismo y anarquía. El simple enunciado de una “República de trabajadores” causaba temor. 

En sus primeros días en la capital, Hachuel se vio desbordado por una sociedad vocinglera, hiperventilada y, muy a su pesar, tan atrasada, a ojos de un norteamericano, como lo había sido durante siglos bajo la férrea alianza de la Monarquía y la Iglesia. 

En su primer artículo plasmó la división de los republicanos que, apenas meses después de la caída del Borbón, quedó patente en el proceso parlamentario que culminó, en diciembre del año anterior, con la aprobación de la Constitución. Hizo especial referencia al alegato de Ortega y Gasset que, bajo el título “No es esto, no es esto”, concluía en que “La República es una cosa. El ‘radicalismo’ es otra. Si no, al tiempo”. 

Se centró para su segunda entrega en ese ‘radicalismo’ que, con igual fuerza y velocidad, se concentraba en los extremos en los que convencionalmente los define el pensamiento político. Le resultó difícil expresar, en claves comprensibles para el lector norteamericano, qué matices o proyectos sociales diferenciaban a los más de veinte partidos o agrupaciones electorales representados en el Congreso. “Imaginen –escribía- que en el Capitolio coincidieran congresistas cuyo único objetivo político fuera la independencia de California, con otros solo animados por los intereses de los agricultores. Y que estos, junto a socialistas, a radicales de distinto signo, y a nostálgicos de la monarquía británica tuviesen que trazar el rumbo de los Estados Unidos”. 

Tuvo la oportunidad, en la preparación de otro de sus artículos, dedicado al papel de la mujer en la sociedad española, de entrevistarse con las tres únicas que ocupaban un escaño y que, en el caso de dos de ellas, habían protagonizado duros enfrentamientos en los debates sobre del sufragio femenino, que, finalmente, la Constitución republicana reconocía. Como curiosidad apuntaba en su reseña que eran diputadas porque sí se había reconocido, para aquellas primeras elecciones democráticas, el derecho de las mujeres a ser elegidas pero no a ser electoras. 

La suerte le deparó el tema con el que concluiría su estancia en España. El agregado cultural de la Embajada de Estados Unidos, en la recepción del 4 de julio a la que había sido invitado, le habló de “La Barraca”, un proyecto de teatro universitario ambulante que, bajo la dirección de Federico García Lorca, pretendía ‘educar al pueblo’ representando a los clásicos en todos los rincones del país. 

Bajo el título “Culture at large”, relató en primer lugar la honda impresión que el poeta y dramaturgo le produjo, en enero de 1930, cuando asistió a la conferencia que pronunció en el Vassar College de Nueva York. Vio y oyó aquel día a un hombre que era todo armonía: en su voz, en su mirada, en sus gestos. Todo en él hablaba de un mundo límpido y bondadoso que acabaría imponiéndose sobre los comportamientos sórdidos y maléficos que nos atormentaban. Así decía haberlo percibido, por lo oído aquel día y por lo mucho que, desde entonces, había leído de su obra. 

Un telegrama del Decano de Columbia dirigido al Ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos, que en 1929 había impartido allí un seminario, facilitó su incorporación a la primera expedición de “La Barraca” que el 10 de julio recalaría en tierras de Soria. Todos los componentes de aquella caravana, integrada por dos camiones y cuatro coches particulares, vestían un mono azul que proclamaba una igualdad de la que hacían gala en las tareas de carga, descarga, montaje y desmontaje del escenario modular. 

Las obras de Cervantes, Calderón de la Barca y Lope de Vega cobraron vida en plazas abarrotadas de gentes humildes que, aún sin entender todo lo que allí se decía, se sentían concernidos, reflejándose en sus rostros la ilusión y esperanza que las palabras de Federico, al principio y al final de las representaciones, transmitían. Los poemas “castellanos” de Machado eran evocados con admiración y respeto en cada uno de los parlamentos del capitán de aquel batallón cultural.

Concluyó su crónica extendiéndose sobre lo vivido en aquellos días en compañía de aquel hombre grande, sensible, mágico en todas sus manifestaciones. 

Visitó Toledo en sus últimos días en España, en un vano intento de localizar la casa cuya llave de hierro conservaba su familia. Allí sintió la atmósfera de una Sefarad permanentemente evocada, pasó sus manos por los dinteles de piedra de numerosas puertas, pisó con fuerza aquellas empinadas calles y honró a su estirpe musitando en ladino una oración que hasta ese momento creía olvidada. 

Baltasar Fernández Ávila 
Marzo, 2018

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