30.000 PIES
El vuelo Madrid-Santiago de Chile suele ser nocturno. Una vez se alcanza la altitud de crucero, tras el servicio de la cena, se atenúan las luces de cabina, lo que permite disfrutar de un largo sueño que hace más cortas las trece horas de vuelo. Esa era la rutina que seguía Javier en sus frecuentes viajes intercontinentales.
Su vecina de asiento ese día necesitaba combatir la ansiedad que, al parecer, le producía volar con una casi frenética actividad: comer, leer, hablar, moverse… ¡Vaya vuelo que me espera…! –pensó Javier, tratando de acomodarse en el asiento ya convertido en cama-
-Me llamo Valeria –oyó- ¿Le importa si hablamos un rato? Perdone, pero es que… lo siento, le estoy molestando.
-No, claro que no… ¿le ocurre algo? –contestó, al tiempo que restablecía la posición vertical de su butaca-
-Volar, me da miedo volar… Bueno, miedo no, pero no lo puedo remediar. Si me duermo pienso que…
-Ya. En el fondo, creo que todos lo pensamos: ¿por qué vuelan los aviones? En estos vuelos, además, horas y horas sobre el Atlántico…
-Ja, ja… ¡Y usted animándome! –las manos de ella, que Javier no dejaba de mirar, reflejaban su nerviosismo-
-Perdone, no quería…
-No, no…estoy bien. Hablar es la mejor terapia. Pero aún no me ha dicho cómo se llama. Déjeme adivinar: Juan, Jerónimo, Javier…
-Jerónimo, no. ¿Tengo la piel roja? Me llamo Javier; ¿por qué ha elegido la “J”? Ah…ya veo, por las iniciales de la camisa. ¡Fácil!
-Si quiere seguimos jugando; puedo adivinar el motivo de su viaje a Santiago. Un gin-tonic si lo acierto.
-Hecho. Si pierde me pido un café -¿por qué habré dicho eso?, pensó; me voy a desvelar-
-Tiene previsto participar en la Semana del cine europeo que se inaugura mañana. Pero no es actor; me sonaría su cara. Tampoco, director; no denota la petulancia propia del oficio. ¿Me equivoco?
-¿Es una bruja? ¡Touché! Sea pues un gin-tonic y un café –dijo llamando a la azafata- ¿Cómo lo has hecho? ¿Nos tuteamos?
- Sí, claro. Fácil. Podría decirte, en plan cursi, que todo tú respiras cine. –una sonrisa pícara acompañó sus palabras- Lo cierto es que uno de los papeles que has guardado en tu maletín, cuando nos han servido la cena, era el programa del Festival. ¡Blanco y en botella!
-Listilla, eres una listilla. Sí, se estrena una adaptación de una de mis novelas.
-¿Escritor? Vaya, eso tendría que haberlo averiguado. Es mi oficio. ¿Dónde publicas?
-En Flammarion.
-¿En francés? Sigues sorprendiéndome. ¿Por qué?
-Soy binacional; mi madre…; bueno, no era francesa; era argelina; nací en Argel.
-Anda, ¿qué tenemos aquí; a un Camus?
-No, algo más prosaico. Género “polar”. ¿Lo conoces? Novela negra, policiaca.
-Claro: buenas ventas, poco esfuerzo, un comisario o detective socarrón…Perdona, no quise decir eso.
-Sí, así es. Pero no todos llegamos al olimpo de las letras. No me quejo. Lo que escribo en castellano, por el contrario, lo guardo. Demasiado íntimo, áspero, minoritario. Ahora te toca a ti; además de adivina, ¿a qué te dedicas?
-A estas alturas, si me permites el juego de palabras, tendrías que haberlo adivinado. Solo miras lo que se ve de mí.
-Tienes razón, pero lo poco que se ve: la cara, las manos…me gustan, me gustan mucho. También tu voz. Voy a arriesgarme: eres editora.
-No exactamente. Soy la “nariz” de narrativa contemporánea en la editorial Satélite.
-¿Nariz? ¿Qué oficio es ese? ¿Hueles las galeradas?
-No. Me pasan una sinopsis de los manuscritos y dos o tres páginas de la obra, elegidas al azar. De mi olfato depende que pasen a la fase de evaluación siguiente. Puro análisis de marketing; conozco las tendencias, los gustos de los lectores y caso lo uno con lo otro. ¿Decepcionado?
-Entonces, ¿a eso se reduce todo? Aunque, bueno…en el fondo siempre se ha hablado del olfato de los editores de éxito.
-¿Por qué no dejas que husmee algo de tu obra inédita en castellano? –de golpe, dejando a un lado el personaje frívolo que venía interpretando, apareció la Valeria profesional-
-No es para tu público; seguro. Posguerra; emigración, desarraigo…
-Para, para. Me interesa, todo eso se “lleva” mucho ahora. Gran tema, las migraciones; muy actual.
Tras un tira y afloja sobre el particular, del que nada se concretó, volvieron a la conversación banal que, al igual que las estelas de los motores del avión, se desvanecía al momento. De manera tácita, muy probablemente, orillaron las cuestiones de carácter familiar; manteniendo su cada vez más insinuante intercambio en la superficie de sus vidas. Sabían que aquel viaje era principio y final de lo que, en Santiago, tenía que pasar. Se les hizo corto; más cortas se les hicieron las noches de Santiago.
Baltasar Fernández Ávila.- Febrero, 2018

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