GANGA Y MENA
El paisaje de la Sierra de
Almagrera sigue siendo dramático y potente; el ocre de su tierra árida torna a
dorado y, en ocasiones, a azulado por los caprichos de un sol inclemente.
Por esos riscos, hace más de
ochenta años, él iba y venía a diario, conduciendo una reata de mulos, de cuyos
serones rebosaban quintales del mineral recién extraído, camino de los
lavaderos y de las plantas de tratamiento donde se separaban la ganga y la
mena.
No alcanzaba los dieciocho años y
hacía casi diez que faenaba de igual manera. Era noble y tenaz; por sus venas corrían la plata
y el plomo que aquella sierra guardaba en sus entrañas y por la que, a lo largo
de los siglos, los hombres habían entregado su salud e incluso la vida.
No sabemos lo que pensaba pero sí
lo que veía: tierra yerma a ambas orillas del cauce seco del río Almanzora, de
la que no asomaba más que esparto, cardos y chumberas. Tierra maldita que la
lluvia no visitaba más de una vez por década, llevándose entonces todo lo que
hallaba a su paso. Contaba, años más tarde, a sus hijos que en una ocasión a
punto estuvo de ser arrastrado, junto a sus mulos, por la riada. Aunque,
humilde, no lo reconocía, ellos sabían, porque así se lo había contado el
abuelo, que su arrojo y determinación pudieron más que la embravecida lengua de
agua; movido por el empeño de salvar aquellos animales, casi único patrimonio
de la familia.
¿Cuáles son los pensamientos de
un ser inocente, cuyo espacio vital no alcanza más allá de las aldeas
circundantes, y que no ha tenido acceso a la lectura ni a más información que
la derivada de las míseras vidas de sus allegados y vecinos? Sin duda, la
supervivencia, en su modo más elemental, era el objetivo que conformaba su
consciencia y alimentaba su imaginación.
No sabía que otros habían
decidido por él y por tantos otros inocentes. No sabía que una noche al llegar
a su casa, su madre angustiada y llorosa le diría que, según el alguacil, su quinta había sido movilizada.
“¡La guerra, hijo, la guerra!” “¿Qué guerra, madre?”
Sí, aquella guerra que para él,
que la perdió, duró más allá de los tres años que dice la historia. Como
prisionero de una contienda que nunca en su aldea ni en su mundo se vislumbró
cumplió, a modo de depuración, cuatro años más de trabajos forzados y de
servicio militar en el ejército vencedor.
El agua que nunca se mostró
generosa con el suelo almeriense –¡oh, paradoja!- había anegado entretanto los
pozos de aquellas minas que habían sido su sustento y el de su familia. La
emigración a Cataluña, como para miles de sus paisanos, fue su opción. Allí
aprendieron y también enseñaron. Enseñaron, sobre todo, que por razón de
nacimiento, nadie es mejor que nadie. Respetaron y no siempre fueron
respetados. Dejaron su huella en cada uno de los campos que labraron, en cada
una de las casas que construyeron, en cada uno de los coches que fabricaron.
Era mi padre y hoy llora a través
de mi pluma al saber que muchos de los hijos y de los nietos de aquellos que
con él allí llegaron han abrazado una bandera de odio, exclusión y supremacía.
Baltasar Fernández Ávila
Octubre 2017.

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