HÁBITO PENITENCIAL
La guerra apareció en su casa una tarde de julio. Nada se sabía de ella en aquella aldea donde el tiempo parecía haberse mineralizado a la par que la pirita que sus vecinos extraían y acarreaban de las entrañas de la tierra. El alguacil le entregó un oficio que tuvo que leer por ella: la quinta de su hijo mayor había sido movilizada.
Esa misma noche, su marido y su hijo, en un carro tirado por dos mulos, partieron hacia la capital de la provincia para su alistamiento. Había preparado el zurrón del hijo con un par de mudas y una de las fotografías que, en la última fiesta de la Virgen de la Candelaria, les habían tomado. También contenía una hogaza de pan, tocino y longaniza de la última matanza.
“Que Dios y la Virgen te acompañen, hijo” –lo despidió, sabiendo ya lo que a la mañana siguiente tendría que hacer- Se acercaría a la Ermita y haría “promesa”; después la costurera cortaría y cosería el “hábito del Carmen” que vestiría el resto de sus días si el hijo sobrevivía a aquella guerra.
El vestido marrón, con el cordón negro a la cintura, fue durante los tres años siguientes la coraza con la que ella pretendía proteger al hijo en las batallas de las que, muy de tarde en tarde, se tenían noticias: Belchite, Ebro, Teruel. Todos eran lugares que no había oído antes y que no sabría situar en el mapa, de saber qué cosa era un mapa. Sangre, solo sangre era lo que veía antes de que el maestro le leyese las pocas cartas que llegaron. Cartas que seguramente otro había escrito por su hijo, con voz impostada y con fórmulas de cariño que, en su ambiente, le eran desconocidas. Todas con la consabida fórmula de inicio: “Espero que al recibo de la presente estén todos bien…Yo sigo bien, gracias a Dios y a que los camaradas cuidamos unos de otros”.
Alguien con mayor cultura habría señalado lo contradictorio del doble agradecimiento, en el que coincidían la divina providencia y el apelativo con el que el comunismo igualaba a los hombres sin perjuicio de su clase o condición. Nada raro, por otra parte, puesto que ambas creencias, religiosa la una, materialista la otra, ofrecían idéntico paraíso; celestial o terrenal, poco importaba a sus respectivos seguidores.
La madre se tranquilizaba al saber que tanto Dios como los compañeros cuidaban de él. Y, agarrando la borla del cordón del hábito, renovaba la promesa hecha y se decía que el vestido marrón la acompañaría el resto de su vida.
A aquel primer vestido, cosido con premura, le siguieron otros de la misma tela y hechura. Con ellos asistió a las bodas de sus hijos, a los bautizos y primeras comuniones de los nietos. Terminó la guerra pero nada fue mejor que antes. España quedó envuelta por muchos años en un manto tan áspero y oscuro como la tela que ella vestía.
Durante décadas, miles de madres, cuando en las calles reparaban en sus respectivos hábitos negros, morados, marrones…,ignorando si el hijo por el que lo vestían había combatido en uno u otro bando, intercambiaban una fugaz mirada en la que se leía: sobrevivieron.
Baltasar Fernández Ávila-Marzo, 2018

Comentarios
Publicar un comentario