TEATRO EN LA PLAZA
Padre y yo habíamos pasado el día escardando la tierra. El calor ya apretaba y a la mies, casi lista para la siega, había que librarla de las malas hierbas. Cuando llegamos a la casa para el almuerzo, madre nos dijo que el pregonero había anunciado para esa noche una función en la plaza.
-¡Lo habrás entendido mal, mujer! -dijo padre, levantando la voz- Las funciones son en agosto, para las fiestas.
-No, Manuel; lo ha dicho bien claro. Esta noche, en la plaza. Vienen gentes de Madrid. Es un teatro para educar al pueblo –replicó ella, mientras servía el cocido- No son titiriteros ni comediantes. Son señores de estudios.
-Educados ya somos, madre –intervine yo- Yo no le falto el respeto a nadie.
-Educados, educados… ¿Qué sabemos: cuatro letras y los números? Eso es lo que sabemos aquí: “Sí señor, lo que Vd. mande, señor”. Esa es la educación que hemos mamado –seguía madre, mientras padre sorbía el caldo-.
Ahí quedó la cosa hasta que a media tarde llegaron dos camiones y varios coches al pueblo. Más de veinte personas, más hombres que mujeres, se apearon y, tras saludar al alcalde y al maestro, empezaron con un trajín que les llevó más de dos horas y del que resultó un escenario nunca visto en el pueblo. Nada que ver con las cuatro telas que desplegaban los comediantes en las funciones de las fiestas de la Patrona.
A los mozos que allí nos congregamos para echar una mano lo que más nos sorprendió fueron los monos azules que todos vestían. Bueno, no todos; las chicas llevaban un vestido, también azul, y una camisa blanca. Con uno de esos monos solo habíamos visto al conductor del autobús de línea, que iba y venía de la capital, cuando trasteaba el motor.
Al anochecer, alrededor de la posada donde los forasteros cenaban, se concentraron una docena de jóvenes, venidos de fuera, todos con camisas azules –lo que me llevó a pensar que por ahí todos vestían de azul-. Entre sus gritos e insultos destacaban los de “comunistas, ateos, putas y maricón”. Este último, entonces no supe por qué, en singular.
A una orden del alcalde, conseguimos empujarlos hasta sus coches y echarlos a pedradas del pueblo. Poco después, con medio pueblo instalado en la plaza, unos sentados en la silla que habían traído de casa, los más jóvenes de pie o subidos a los poyos, el alcalde dio la bienvenida al teatro universitario ambulante –creo que dijo- y presentó a uno de los hombres de mono azul –“el poeta del pueblo”, lo llamó- que nos habló del teatro, de la poesía, de un mundo mejor en el que todos seríamos iguales. Dijo también algo de América, donde él había estado, del capitalismo y de la gente que se tiraba por las ventanas; pero eso no lo entendí. También habló de otro poeta de su tierra, que en estas escribió algo de un olmo seco con brotes verdes.
El hombre siguió hablando de gitanos, lunas y luceros y, según me dijo un pastor de la trashumancia, así sonaban las voces de la gente de las tierras donde los rebaños pasaban la invernada.
Representaron una piezas de Cervantes –a ese le conocíamos porque en la escuela el maestro nos había hablado del caballero loco y de un tal Sancho que iba con él-. De lo que decían no todo lo entendíamos pero a todos nos gustaron los vestidos y la música y el baile.
A la mañana siguiente, mientras migaba pan en el tazón de leche, pensé que nunca olvidaría aquella noche. Tuvieron que pasar muchos años para que yo supiese que ese día en mi pueblo había sucedido algo importante, que, en los años siguientes, se repitió en muchos pueblos y ciudades de España, hasta que, en otro mes de julio, cayó un pesado telón sobre ese teatro y sobre nuestras vidas.
Perdura en mi memoria la figura del poeta del pueblo, su voz y sus movimientos, todo música y armonía.
Baltasar Fernández Ávila
Marzo, 2018

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